Vivir con Miedo - Conociendo Tu Mente

Recuerdo una conversación que, alguna vez, tuve con mi madre cuando era adolescente aún. Ella me explicaba que el sentir miedo era “normal”, que todos lo sentimos, y que lo que hacía valiente a una persona, no era el hecho de que no sintiera miedo, sino por el contrario, era enfrentarse a una situación sin importar cuánto miedo tuviese, lo que sucediera en el enfrentamiento o el resultado final. Por supuesto, con los años uno olvida aquellas lecciones y una que otra experiencia vivida. Claro está que nuestro cuerpo (sistema nervioso), en su sabiduría se encarga de recordarnos todo lo vivido en algún punto de nuestra vida, lo único que hace falta es un detonante.

Como animales (somos animales además de ser humanos), constantemente buscamos sentirnos seguros, crecer y vivir percibiendo una vida sin peligros inminentes que amenacen nuestro equilibrio y tranquilidad. Pero, debido a que a veces sentimos que nuestra vida peligra (lo sentimos cuando niños o adolescentes), nos paralizamos y nuestro cuerpo decide que el miedo debe activarse, pues es el mejor camino a seguir, nuestra defensa a lo desconocido, o por lo menos lo más conocido por él.

En fin, biológicamente hablando, cuando sentimos miedo nuestro cuerpo cambia, su “sistema de alarma” se activa, y nuestro organismo piensa que debe protegernos y ayudarnos a sobrevivir. El sistema límbico, la amígdala específicamente, produce la respuesta de “pelea-huida” de la que de seguro han escuchado. Cuando esta se activa, desencadena esa sensación llamada miedo que todos conocemos muy bien. Es entonces cuando el estado de alerta máxima se ha declarado en nuestro cuerpo, el cual se prepara para salir corriendo o, por el contrario, ha decidido pelear y enfrentar el peligro.

Es ahí cuando además: la taquicardia, la sudoración, los temblores, la pérdida de control sobre nuestras respuestas racionales, la fuerza mejorada en los músculos (mayor cantidad de sangre en ellos) para poder correr, la presión arterial alta, las pupilas dilatadas y muchas más sensaciones corporales (en términos fisiológicos), forman parte de lo que le ocurre a nuestro cuerpo cuando tenemos (o mejor dicho, sentimos) miedo.

Es decir que, el miedo es una simple respuesta fisiológica, que nos ayuda a sobrevivir, que es saludable, que es necesario! Sin embargo, aunque racionalmente sabemos que nos evita problemas, que es un mecanismo de defensa que hemos aprendido con los miles de años de evolución y que todos (sin excepción), lo sentimos, sabemos también que el miedo se manifiesta diferente en todos nosotros. En mi, por ejemplo, tiende a manifestarse mucho, especialmente cuando me enfrento a situaciones en las que siento que estoy indefensa. Y entonces quisiera gritar algo como:

Hey! Vivo con miedo! Tengo miedo! Soy humana! Siento algo, allí, dentro de mi que no me permite avanzar de la manera que quisiera hacerlo! Este miedo no me deja vivir en paz!

Así que: si, entiendo cómo se siente.

Ahora, psicológicamente hablando… ¿Es normal sentir miedo?

Depende del grado de miedo que sientas. Si es solo miedo, si! es normal!, más si se trata de algo más (ansiedad, fobia, pánico, etc.), entonces no es tan “normal” como quisieras. El miedo se encuentra dentro de nosotros en distintos grados, y aunque me digan que no, muchos de nuestros miedos inconscientes siguen allí, activándose y manifestándose continuamente una y otra vez. Esto ocurre mucho más si hay situaciones del pasado sin resolver. Estos miedos inconscientes a cosas que nos han sucedido en el pasado, viven dentro de nosotros y nos crean inconvenientes y dificultades a medida que crecemos y seguimos experimentando con la vida. Y esto sucede cuando, además, negamos que esas situaciones sucedieran y, por ende, nos negamos a hablar de ellas, (simplemente no las enfrentamos).

Creo que muchos de nosotros podemos sentirnos identificados con eso, ¿verdad? Pienso que podemos decir que hemos “sentido el miedo en carne propia” ante alguna situación en la que nuestra vida o nuestra existencia se puso (o se sintió) en peligro. En cada una de esas situaciones, hemos sentido nuevamente como nuestro sistema límbico decide activarse (o sobre activarse) para “protegernos” de aquello que considera un peligro. Entonces, me pregunto: ¿Por qué intentamos ocultar el miedo cuando lo sentimos? ¿Por qué no podemos aceptar que somos humanos y que la incertidumbre de lo que pueda suceder nos acosa?

La respuesta es simple. Hay una gran diferencia entre tener miedo “racional” mezclado con un poco de ansiedad ante una situación nueva (por ejemplo hablar en público, obtener los resultados de exámenes médicos, ir a una entrevista de trabajo), y el temerle a todo aquello que nos pueda hacer daño debido a lo vivido en el pasado (aquí es cuando se vive con la sensación de miedo persistente).

Cuando has crecido sintiendo el miedo de manera constante, temes por tu supervivencia, debido a diferentes situaciones como:

  • Creciste con padres controladores, narcisistas, descuidados o que te maltrataban,
  • Tuviste familiares o compañeros que intentaban cambiarte pues tu forma de ser no estaba alineada con la suya, por ende, no aprobaban tu forma de ser,
  • Tal vez tus profesores no te valoraban o no veían tu potencial, pues no eras el niño educado y calladito de la clase que sacaba solo buenas calificaciones,
  • O, actualmente tienes un jefe (o has tenido una serie de jefes), que te hace sentir como basura, como si no sirvieras para nada y como si todo (TODO) lo que haces estuviera mal.

Y a pesar de que hoy en día eres un adulto (o al menos más grande y fuerte), sientes vergüenza y culpa por haber vivido y seguir viviendo aquellas situaciones que no fueron culpa tuya. Por lo tanto, al crecer con miedo y seguir reviviéndolo en tu adultez, sin importar la situación que lo generó es muy probable que:

  • La vida se vea de manera distinta; ahora no puedes confiar en los demás, sientes una gran desconfianza de las intenciones de otros sin importar quienes sean o cuánto hayan probado que te estiman, te valoran, o te quieren,
  • Tiendes a evitar el peligro; cualquier situación nueva te asusta y dispara la misma sensación (el recuerdo), que te provocó una situación similar en el pasado (y esta es la manera en que tu ser, tu cuerpo y tu cerebro te recuerdan que debes tener cuidado),
  • Sientes que debes (como si fuera una obligación), controlar las situaciones, a las personas, planificarlo todo y esperar que nada se salga de control (pues el pequeño niño que vive dentro de ti -por así decirlo- sigue asustado e intenta protegerte de sufrir una vez más de la forma en que ya sufriste anteriormente). Así que te puedes volver “algo” controlador.
  • También puede ser que decidas que no quieres experimentar nada nuevo, incluyendo: nuevas relaciones, viajar a ciertos lugares, no comer ciertas comidas, ser inflexible, mantener una sola manera de hacer las cosas, etc.
  • Te has llenado de inseguridad y dudas sobre ti mismo y tus capacidades, por lo cual, no puedes ver tu propia belleza y el valor que llevas dentro, el cual, probablemente, otros ven e intentan recordártelo (así que: sí, tienes una baja autoestima),
  • Quizá, careces de la confianza necesaria para hacer aquello que quieres hacer y te llenas de excusas (hasta cierto punto absurdas), para no hacerlas,
  • Tal vez ni siquiera sabes lo que quieres, cambias de opinión porque temes que no sea la respuesta correcta o adecuada. Y, si sabes lo que deseas, no sabes cómo puedes conseguirlo o no quieres intentarlo, porque temes que no se pueda, que no funcione o buscas cualquier excusa para no hacerlo,
  • No sabes cómo pedir ayuda a los demás, aunque tu vida dependiera de ello, pues temes que algo te suceda; expresar tus necesidades va en contra del instinto que te dice que, innecesariamente, te estás poniendo en peligro,
  • Piensas que: pedir ayuda es un signo de “debilidad”, y que: probablemente si lo haces, te rechazarán o, peor aún, que se burlarán de ti por ser débil,
  • Sientes culpa. No la culpa “normal” de cuando haces algo “mal”, sino culpa excesiva por todas aquellas cosas que haces, sin importar lo que sea. Inclusive podrías sentirla por comerte un helado, comprarte ropa, hacer ejercicio en lugar de ir al trabajo más temprano, darte 5 minutos para pensar y no hacer nada, y así, un sinnúmero de situaciones en las que, simplemente, estas cuidando de ti mismo y no te das cuenta de que tienes derecho de hacerlas,
  • Aceptas todo, incluso aquello que no quieres, poniendo siempre a los demás y sus necesidades sobre las tuyas. Así que, si tienes el hábito de sacrificarte por los demás es, parcialmente, porque sabes como se siente que nadie se sacrifique por ti, y en parte, porque temes que si no lo haces, te van a rechazar o a causar algún daño y prefieres evitarte problemas (anticipas situaciones que no han sucedido, y si, esto está relacionado con el control),
  • Sientes que no debes sobresalir demasiado, pues, si lo haces, podrías poner tu vida en peligro como antes,
  • Temes arriesgarte, (Tú sabes muy bien qué es lo que no te estás arriesgando a hacer, y qué es aquello que quieres hacer/decir y que no estas haciendo así que no lo voy a escribir aquí),
  • Sientes todo el tiempo (o la mayor parte de éste), que podrías meterte en problemas, incluso cuando no hay un peligro visible o cercano a ti, y tal vez, también sabes que es tan solo una sensación, pero aún así no puedes evitar sentirlo,
  • Te sientes débil e impotente, a pesar de que hayas logrado muchas cosas; además, puede ser que trates de compensar esta carencia (o debilidad percibida) con otro tipo de habilidades. Sin embargo, esto no es suficiente y no logras sentirte fuerte y poderoso, sin importar lo que hagas,
  • Puede ser que logres preguntarte: Qué es lo peor que puede suceder? Y aún así, a pesar de que sabes que no será el fin del mundo, no logras controlar esa sensación de que no deberías hacer lo que quieres hacer,
  • Te sientes solo. Piensas que eres la única persona que vive de esa forma, que siente miedo, pero no es así. Todos lo hacemos en distintos grados. Y muchos hemos pasado por situaciones que nos han llevado hasta ese punto de nuestras vidas. Así que no eres el único.

Una vez que entiendas que el miedo es tan solo una sensación y que está solamente en “tu cabeza”, vas a comprender que eres libre de dejar de sentirlo cuando quieras y que ya no tiene poder sobre ti, que tu vida no está en peligro y que, ahora, ya puedes hacer que estos miedos internos se desactiven.

El miedo a lo que podría ocurrir nos condiciona (si, nos condiciona) desde niños, cuando aprendemos aquello que “debemos” (lo que está permitido por nuestros padres o cuidadores) y lo que “no debemos” hacer. Es un previsor, un sistema de alarma ante peligros reales (e imaginarios también).

Sin embargo, es la experiencia, la percepción personal de la situación, la que determina si se va a sentir miedo o no; lo que significa que si cambias tu percepción sobre las cosas y las situaciones que vives y viviste, y en verdad aprendes a ver dentro de ti, podrás desconectarte de aquel pasado (situación o persona del pasado), que aún te atormenta.

Recuerda además que, el miedo puede ser una herramienta muy útil, que al ser tuyo y producido por TU CUERPO, tú tienes el poder sobre él y la capacidad de demostrarle (y demostrarte a ti mism@), que a veces se equivoca y que desactivarse de vez en cuando para darte unas vacaciones, no será el fin del mundo.

Por último, como me enseñaron, el miedo no es solo un indicador de peligro. Es también un indicador de cuán importante es algo para nosotros. Recuerda que ahora tienes las herramientas necesarias para enfrentarte a aquella situación que viviste, aprende a escuchar a tu propio ser y vive la vida que quieres vivir.

Fotografía de artículo por: Giselle Momou El Sapo Ferretti. La obra la pueden encontrar aquí.

Editado por: Lic. Alicia Andrade


Tu opinión es importante e inspira!

Como siempre, eres bienvenid@ a compartir tus pensamientos y respuestas en la sección de comentarios abajo o nos puedes contactar directamente a nuestro correo electrónico haciendo click aquí.

Sobre el Autor / Autora Ver todas las publicaciones

Drea Duque

Atrapada en el círculo vicioso entre el soñar y el ser realista y práctica, a Drea le molesta escribir sobre sí misma en tercera persona, sin embargo comprende que de vez en cuando es necesario hacerlo. No es exactamente una nerd (pero le fascina aprender), no es exactamente una escritora (pero escribe porque encuentra el lenguaje de las palabras escritas fascinante), es algo así como una artista y además, estudia psicología. Ama los gatos, practicar yoga y los días en que la luna se puede ver en medio del cielo azul, junto al sol. Cuando le queda tiempo (lo cual no sucede muy a menudo), investiga sobre temas diversos y los publica en Conociendo Tu Mente. Más sobre ella en:  Twitter   |   

ComentariosDéjanos tu Comentario

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *